* de Luis de Góngora
** de Niels Bohr
foto: Samuel Beckett contempla perro y gato, tomado de Entre Gulistán y Bostan

martes, 12 de octubre de 2010

algunos poemas de Theodore Roethke(U.S.A.,1908-1963)

Poeta estadounidense(1908-1963) cuya lírica se caracteriza por sus inesperadas y originales perspectivas, así como por su utilización de imágenes de la infancia y de la naturaleza, especialmente de las plantas, asociadas nostálgicamente con su padre jardinero. Con frecuencia, el poeta describe situaciones grotescas e incluso surrealistas como si formaran parte de la vida cotidiana. Sus libros son Casa abierta (1941), El hijo perdido y otros poemas (1948) y El despertar (Premio Pulitzer de 1954). Existo, dice el cordero (1961) incluye poemas para niños. Sus últimas poesías se publicaron póstumamente en El campo lejano (1964).

http://atlasdepoesia.blogcindario.com/2007/02/00199-poemas-de-theodore-roethke.html

INTERLUDIO

EL elemento del aire era incontenible.
El ímpetu del viento rasgó las tiernas hojas
Arrojándolas en confusión sobre a tierra.
Esperamos las primeras gotas de lluvia en los aleros.

El caos crecía al tiempo que la luz
Mermaba bajo el cielo compacto.
Una noche innatural dilató nuestras pupilas,
Pero el camino y el polvoriento campo permanecieron secos.


La lluvia quedóse en la nube; fue casi oscuro;
El viento yació inmóvil entre las altas hierbas.
Las venas de las manos traicionaban nuestro miedo.
Lo que habíamos esperando no había acontecido.


LO MÍNIMO

ESTUDIO las vidas sobre una hoja: los pequeños
Durmientes, ateridos que se codean en frías dimensiones,
Escarabajos en cavernas, salamandras, peces sordos,
Piojos amarrados en largas, flojas malezas subterráneas,
Contorsionistas de marismas,
Y reptiles bacterianos
Culebreando entre heridas
Como jóvenes anguilas en estanques,
Sus descoloridas bocas besando las cálidas suturas,
limpiando y acariciando,
deslizando y cicatrizando.
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Ignoro el traductor y la versión original.

Las siguientes son versiones de Raúl Racedo

http://www.lexia.com.ar/theodore_roethke.htm

DOLOR

He conocido la inexorable tristeza de los lápices

En sus limpias cajas; el dolor de las almohadillas y el peso del papel;

Toda la miseria y viscosidad de los pliegues de manila y

La desolación de los lugares públicos inmaculados.

Cuartos de recepción solitarios, lavatorios, cuadros de distribución.

El inalterable pathos de la palangana y del cántaro.

Ritual del multígrafo, clip del papel, coma

Duplicación sinfín de vidas y objetos.

He descubierto el polvo de los muros de las instituciones

Como la fina y viva harina, más peligrosas que sílice

Tamizado, casi invisibles. A través del largo atardecer del tedio

Dejan caer una película delgada en las uñas y en las delicadas cejas

Vidrian el pálido pelo en el duplicado de las grises caras normales.

DOLOR

I have known the inexorable sadness of pencils,

Neat in their boxes, dolor of pad and paper weight,

All the misery of manilla folders and mucilage,

Desolation in immaculate public places,

Lonely reception room, lavatory, switchboard,

The unalterable pathos of basin and pitcher,

Ritual of multigraph, paper-clip, comma,

Endless duplicaton of lives and objects.

And I have seen dust from the walls of institutions,

Finer than flour, alive, more dangerous than silica,

Sift, almost invisible, through long afternoons of tedium,

Dropping a fine film on nails and delicate eyebrows,

Glazing the pale hair, the duplicate grey standard faces.

En un oscuro tiempo

En un oscuro tiempo los ojos comenzaron a ver que

Me encontré con mi sombra en la profunda oscuridad al

Escuchar mi eco en el eco del bosque—

Un Señor de la naturaleza llorando junto a un árbol.

Vivo entre la garza y el reyezuelo

Bestias de la colina y serpientes de escondrijo.

¿Qué locura la nobleza del alma

En desigualdad con la circunstancia? ¡El día en llamas!

Conozco la pureza de la pura desesperación

Mi sombra clavada contra un muro sudoroso.

El lugar en medio de las rocas ¿es una caverna

O un sendero sinuoso? El abismo es lo que tengo.

¡Una firme tormenta de correspondencias!

¡Una noche con pájaros fluyendo en una luna rasgada

Y en el extenso día la medianoche vuelve nuevamente!

Un hombre se va lejos a encontrar fuera lo que él és

Matándose a sí mismo en una larga noche sin lágrimas donde

Todas las formas arden con luz sobrenatural

Oscura, mi oscura luz y oscurecido mi deseo.

Mi alma, como alguna enloquecida y caliente mosca de verano que

Permanece zumbando en el umbral ¿Cuál yo es yo?

Me elevo fuera de mi miedo de hombre arruinado.

La mente entra en sí misma y Dios en la mente

Y uno es Uno , libre en el viento de lagrimas.

In a Dark Time

In a dark time, the eye begins to see,

I meet my shadow in the deepening shade;

I hear my echo in the echoing wood--

A lord of nature weeping to a tree.

I live between the heron and the wren,

Beasts of the hill and serpents of the den.

What's madness but nobility of soul

At odds with circumstance? The day's on fire!

I know the purity of pure despair,

My shadow pinned against a sweating wall.

That place among the rocks--is it a cave,

Or a winding path? The edge is what I have.

A steady storm of correspondences!

A night flowing with birds, a ragged moon,

And in broad day the midnight come again!

A man goes far to find out what he is--

Death of the self in a long, tearless night,

All natural shapes blazing unnatural light.

Dark, dark my light, and darker my desire.

My soul, like some heat-maddened summer fly,

Keeps buzzing at the sill. Which I is I?

A fallen man, I climb out of my fear.

The mind enters itself, and God the mind,

And one is One, free in the tearing wind.


Viaje Dentro del Interior

En el largo viaje hacia el si mismo

Hay muchos desvíos. Interrupciones en socavados y crudos lugares

Donde la filita resbala peligrosamente

Y las ruedas traseras al momento de girar

En el repentino desvío, casi quedan colgadas sobre el abismo.

Mejor el cerrado y cauto abrazo del ripio y de las desprendidas piedras que

El arroyo quebrando el camino, el viento mordiendo los extremos del desfiladero,

La ensenada que se hinchó en mitad del verano debido a la repentina creciente que bramó en el interior del angosto valle.

Las cañas grises por el largo invierno,

quemadas hasta la base en el último verano,

aplanadas por el golpe del viento y la lluvia

--O la angosta y la

Tortuosa senda que sube hacia las agudas piedras del arroyo de

Las altas tierras de alisos y abedules y

A través del vivo pantano, con arenas movedizas donde el

Camino por ultimo es bloqueado por un abeto caído y las

Oscuras malezas de las

Feas cañadas.

Journey into the Interior

In the long journey out of the self,

There are many detours, washed-out interrupted raw places

Where the shale slides dangerously

And the back wheels hang almost over the edge

At the sudden veering, the moment of turning.

Better to hug close, wary of rubble and falling stones.

The arroyo cracking the road, the wind-bitten buttes, the canyons,

Creeks swollen in midsummer from the flash-flood roaring into the narrow valley.

Reeds beaten flat by wind and rain,

Grey from the long winter, burnt at the base in late summer.

-- Or the path narrowing,

Winding upward toward the stream with its sharp stones,

The upland of alder and birchtrees,

Through the swamp alive with quicksand,

The way blocked at last by a fallen fir-tree,

The thickets darkening,

The ravines ugly.

domingo, 10 de octubre de 2010

Borges y Pessoa: las íntimas coincidencias-Santiago KOVADLOFF

BORGES Y PESSOA:
LAS ÍNTIMAS COINCIDENCIAS
No se trata de aproximarlos. Borges y Pessoa están, de hecho, muy cerca uno del otro. Se trata, sí, de advertirlo. De advertir sus notables afinidades. Acaso el reconocimiento de tales consonancias en nosotros sus lectores contribuya a que accedamos a mucho de lo que de específico tiene la atmósfera espiritual del tiempo en que vivimos. Esa es al menos la esperanza en la que esta nota busca su legitimación.
En la carta que a Pessoa le dirigiera el 2 de enero de 1985, Borges le pide, cerca ya del cincuentenario de la muerte del poeta portugués, que lo deje ser su amigo. Pidamos nosotros a ambos, con no menos fervor simbólico, que nos franqueen el acceso a la honda correspondencia que enlaza sus palabras.
Oyentes ávidos e intérpretes eventuales de tanta cercanía, quizás en ella sepamos intuirnos, enriquecernos con un mejor desconocimiento de lo que somos.
Admitamos, para empezar, lo que resulta evidente. Borges y Pessoa son dos clásicos de la época. Lo medular de su maestría arraiga en el hecho de que ambos fueron forjadores y voceros de uno de los mitos del siglo: el mito posmoderno que expresa la desazón que se adueña del hombre tras el
derrumbe del Ego cogito cartesiano y el triunfalismo inherente a los ideales ingenuos del progreso.
Construir un mito literario anticartesiano exigía estar doblemente persuadido. Por una parte, de que la racionalidad clásica ya no constituía ese eje indudable que aseguraba haber hallado en él, el notable autor de las Meditaciones metafísicas. Por otra parte, haber advertido hasta qué punto los afectados por ese derrumbe, cuyo estrépito se vuelve ensordecedor sobre todo a partir de la segunda mitad del siglo XIX, se empecinaban en aparentar que no habían sido alcanzados por él.
Totalidad inasequible a una conceptualización exhaustiva, la existencia, de allí en más, habría de multiplicar sin cuenta sus perfiles y sentidos sin que resultara ya posible reducirlos a un principio de inteligibilidad satisfactorio. La identidad personal, en consecuencia, desbordando los parámetros impuestos por una lógica de franca intención abarcadora, pasó a conformar la materia imposible del pensamiento lineal o, si se prefiere, la materia racionalmente evanescente con la que el pensamiento intentará amasar su propia consistencia. En su vacilante despliegue, el acto de pensar no habría de ser entonces sino expresión de un incumplible afán de certeza; elocuente escenificación de la dificultad para seguir entendiendo la realidad como correlato manso del concepto.
Esta experiencia de tanta intensidad, signada por el desencuentro entre lo que la vida impone y lo que el espíritu anhela, supo hallar, en la literatura de Borges y Pessoa, dos de sus manifestaciones más originales y fieles al sentido de ese desencuentro.
A través del llamado drama-em-gente representado por los heterónimos, Pessoa logró el rumbo poéticamente adecuado para impedir que se homologara su vida supuestamente personal a los contenidos de su identidad artística. Con ello subrayó la insalvable distancia que, según él, separa y hasta enfrenta lo que un hombre admite como pensamiento propio y lo que en verdad es capaz de pensar.
Borges por su parte, ejecuta con igual resolución y acierto ese movimiento destinado a iluminar la ruptura entre identidad biográfica y personalidad artística. ¿Cómo lo hace? Mediante la exaltación de una voluntad apócrifa vertebradora de toda su práctica literaria. Borges, en efecto, se empeña con inflexible tenacidad en adjudicar a otros todo lo que brota de su pluma, siempre interesado en presentar como ajeno lo que es propio. Así, entre el escritor y su persona se abre un abismo cuya existencia y sentido Borges cultiva con obstinación y deleite.
Tanto en el caso del poeta portugués como en el del argentino resalta el propósito de impedir que la paternidad de lo narrado o versificado recaiga sobre ellos, es decir sobre un supuesto responsable que pudiera estar ubicado más allá de la trama textual y cuyos rasgos serían asimilables a los del hombre llamado Borges y a los del hombre llamado Pessoa. Autor, en consecuencia, no será para ellos quien afirme extraer de sí las obras que permiten su reconocimiento, sino aquél capaz de dar origen a obras con las que logre que los demás lo desconozcan por lo menos tanto como él mismo se desconoce en ellas. Se trata, en suma, de dinamitar la arraigada ilusión de correspondencia entre creador y criatura para ensayar la tesis contraria: si no sabemos quiénes o qué somos, lo escrito no equivaldrá a la posibilidad de reconocernos sino a la de desconocernos.
Esta fuerte sed de disonancia entre el hacedor y lo hecho, tan pronunciada en Borges como en Pessoa, remite, por lo demás, a un relato prebíblico que se sitúa en las antípodas de nuestros dos escritores: el de los hijos devorados por su padre, central en la tradición mitológica griega. La feroz impugnación que de la paternidad hace Crono, dios filicida, o el tortuoso vínculo que entablan con sus respectivos padres Epimeteo y Edipo, quieran acaso recordarnos que el horror a reconocernos en lo más cercano arraiga en propensiones tan remotas como oscuras pero muy emparentadas con la angustia que nos produce saber que sólo podemos parecernos a quienes no son como nosotros. Borges y Pessoa jerarquizan con pasión esa diferencia. La teoría de los heterónimos y los postulados borgeanos de la composición apócrifa se nutren en la convicción de que es la alteridad y no la mismidad nuestro destino.
Buena parte de la hazaña verbal de Borges y Pessoa consistió en la aptitud evidenciada por ambos para reconciliar el lenguaje literario con la densidad conceptual de la filosofía. “Lo que en mí siente / está pensando”, escribió Ricardo Reis pero bien podría haberlo afirmado el lacónico habitante de la “Biblioteca de Babel”.
Mucho tiene que ver todo esto con la tradición humanista y con el cauce encontrado por ella en la sensibilidad de nuestros dos escritores. Esa tradición humanista se asienta en la convicción, viva ya entre los romanos, de que hay un pasado paradigmático, ejemplarmente encarnado por los griegos -y que en Borges y Pessoa se extenderá a buena parte de la tradición judía-, según el cual sólo por su intermedio el presente puede ser sustancialmente comprendido, expresado y conducido a su realización. Ese pasado, digerido por la actualidad y por ella instrumentado como una brújula, confiere al hombre de cada época metáforas reveladoras de los dilemas de la existencia en todos los tiempos. La lección griega primordial, modelada por Homero, Esquilo, Sófocles y Eurípides, decreta que no hay alianza posible entre la existencia concebida como reclamo de totalización y la realidad intuida como aquel absoluto cuya comprensión y aprehensión plenas
anhela el hombre. Esta disonancia entre la sed que clama y las aguas que lo frustran alcanza, en Borges y Pessoa, el rango poético esencial. Si realidad y pensamiento nos han sido negados como sinónimos pueden, en cambio, ser exploradas en su infinita heteronomia.
Justamente, lo que en Alberto Caeiro hay de magistral para Reis, Campos y el mismo Pessoa, es lo que tiene de inimitable y lo que, en directa derivación de lo dicho, hay de irrepetible en su “lección”. De allí que quienes se autoconciben como discípulos suyos, lo hagan en verdad por amor a su enseñanza, es decir impulsados por el anhelo de captarla antes que persuadidos de que podrían darle, en sus vidas y en sus obras, alcance y cumplimiento. “Maestro”, entonces, será Caeiro porque su trayectoria enseña que todo camino auténtico es irreproducible. El paradójico epigonismo de los restantes heterónimos y del propio Pessoa sólo puede consumarse en la medida en que todos ellos reconocen la imposibilidad de adueñarse del magisterio de Caeiro. En los hechos, como queda dicho, ninguno de ellos es capaz como lo fue Caeiro en su vida y en su obra, de restañar la herida provocada por la angustia de sostenerse “en el castillo maldito de
tener que vivir”, según el rotundo enunciado de Álvaro de Campos.
Esta disonancia, de tan multiplicados ecos en Fernando Pessoa, se manifiesta en Borges a través de una búsqueda. La búsqueda incesante de absoluto. Los hombres se suceden unos a otros, generación tras generación, en el despliegue de un esfuerzo incapaz, sin embargo, de arribar a la meta de su desvelo. Cada hombre, en ese sentido, es todos los hombres. Las circunstancias que cada cual considera propias son, en verdad, las de todos en todos los siglos. Si alguna diferencia relevante entre Borges y Pessoa puede señalarse a este respecto, ella quizás esté dada por el hecho de que, en Pessoa hay a priori, si así pudiera decirse, una conciencia tan aguda de la inutilidad de la búsqueda que paraliza toda su iniciativa. Sus poemas se nutren de esta parálisis inconmovible de la que únicamente se halla liberado Alberto Caeiro, en quien ha muerto -o acaso nunca ha nacido- toda sed de trascendencia. En Borges, en cambio, hay persistencia en esa búsqueda
irrefrenable añoranza del sentido absoluto que impulsa a la acción y que sólo accede al reconocimiento de su inutilidad cuando sobreviene el fracaso del sujeto concreto que la lleva adelante. La índole trágica del destino humano, en Borges, se manifiesta en conformidad con el circuito trazado por Esquilo, Sófocles y Eurípides: una infinita inocencia o el desmesurado afán de poder inducen al error; el error precipita en el engaño y el engaño arrastra al sufrimiento irreparable o a la muerte.
En Fernando Pessoa, el tránsito desde las circunstancias dramáticas (aquellas compatibles con el hallazgo de una solución para el conflicto padecido) a las circunstancias trágicas (aquellas en las cuales se sabe o se acepta que el conflicto no tendrá solución en los términos en que la humana razón lo exige), este tránsito, digo, de lo dramático a lo trágico, se cumple en Pessoa como una mise-en-scène de la impotencia heterónima y ortónima para liberarse del efecto catastrófico que sobre cada uno, excepción hecha de Caeiro, tiene la conciencia de la propia muerte y del indeclinable misterio con que la realidad pareciera empecinada en frustrar las aspiraciones totalizadoras del pensamiento.
Sin duda, el gran valor de la heteronomia como concepción creadora es el de haber infundido a la crisis de la modernidad una forma poética inédita. Y no menos original, en este sentido, ha sido la estrategia del discurso apócrifo de Borges.
La excepcional hondura de los mundos verbales que supieron construir, autoriza a reconocer que Borges y Pessoa recuperan la dimensión trágica de los orígenes de la tradición clásica, liberándola de toda sujeción a los acentos racionalistas impuestos a ella por una modernidad interesada en concebir, por un lado, la disonancia entre conciencia y verdad como cuestión circunstancial y puramente metodológica y, por otro, la finitud de la vida personal como una cuestión sin relevancia epistemológica. Podríamos, en consecuencia, afirmar que Borges y Pessoa organizan sus universos literarios a partir de dos decisiones centrales. Una lleva a la potenciación estética de la tradición religiosa y filosófica de Occidente. La otra se traduce en la reelaboración personalísima que efectúan de esa tradición como para que en ella podamos reconocer los rasgos distintivos de la época en que nos toca vivir.
La concepción moderna entendió la identidad personal como módulo de contenidos correlativos de una supuesta verdad universal de carácter transubjetivo. Borges y Pessoa, lúcidos testigos de su derrumbe, procuran revalorizar la noción del deseo como elemento preponderante entre los rasgos propios de la subjetividad y del vínculo con la objetividad. Así es como el hermetismo último del sentido de lo real irrumpe como la más radical de las conquistas de este pensamiento desamparado por los dogmas.
Esta condición innominable, sin negar la facultad parcial del conocimiento predicativo, lo inscribe en un campo de eficacia primordialmente metafórica, es decir, que le confiere valor relacional, alusivo antes que autónomo u objetivo. El saber, entonces, deja de constituir una instancia despojada de carga subjetiva a propósito de algo objetivo, para pasar a ser, ante todo, saber de alguien a propósito de algo.
La Cábala no podía, en consecuencia, permanecer al margen de la avidez intelectual y emocional de Borges y Pessoa. Hay, sin embargo, una diferencia relevante entre ellos en lo que atañe al modo de concebir la Cábala. A Borges, como señala Edna Aizemberg, la Cábala no le interesa como materia de fe. Le importa, sí, como procedimiento reflexivo, como estilo de meditación que mucho puede favorecer sus propias estrategias expresivas. No es éste el caso de Pessoa. Pessoa ortónimo, apasionado por el ocultismo, ve en la Cábala una de las referencias esenciales para alcanzar alguna comprensión de lo real como tejido de símbolos y desenlace obligado de todo emprendimiento gnoseológico. Y ello no en virtud de que esa legalidad escapa por entero a las posibilidades de intelección humana. De allí la preferencia que manifiesta Pessoa por la Cábala en relación a la filosofía. Preferencia que remite, en última instancia, al sentido de la heteronomia
entendida ahora como negativa creadora a responder con sus voces a la ilusión de acceso a una identidad unitaria final.
Borges también subestima la filosofía como modalidad discursiva pero, al igual que Pessoa, y escindiendo forma de contenido, rescata los problemas por ella planteados y procura expresar, en lenguaje poético, la intensidad ausente, en la conformación tonal de tales cuestiones, que él advierte en la metafísica.
Pero, más allá de la diferencia, el Aleph y la noción cabalística de unidad son elementos que, con idéntico vigor, convocan el sentimiento de Borges y Pessoa, de modo tal que el valor del Ensof (infinito, en el antiguo hebreo) dejará sentir su peso tanto en el escritor argentino como en el escritor portugués.
Cosa equivalente puede decirse de la Biblia, donde se ve con toda evidencia que la unidad representada por el Autor de la Creación se manifiesta a través de la diversidad de intérpretes que redactan los libros sagrados, de conformidad con lo que cada uno de ellos oye que le es dictado por la voz del Espíritu. El “Autor-fuera-de-su-persona” -la conocida fórmula pessoana- es, simbólicamente, cada profeta; voz de una alteridad esencial, de otro que no es el autor y que sin embargo remite a esa función profética.
En Borges, tal alteridad aparece bajo la forma de un Absoluto que se revela al hombre como lo enteramente otro de sí (Aleph); súbita transfiguración de aquello que se creía accesible en aquello que, destrozando esa ilusión, pasa a ser extraño, irreductible y hasta hostil en su hermetismo.
Los personajes de Pessoa son escritores. También lo son, con extraordinaria frecuencia, los de Borges: Herbert Quain, Pierre Menard, Jaromir Hladík. Y cuando no son escritores se convierten en tales en el momento en que resuelven redactar sus cuentos, “informes” o poemas, como en el caso de Narciso de Laprida en el “Poema conjetural” o en el anticuario Jospeh Cartaphilus de Esmirna en “El inmortal”, quien, en verdad, no es sino una sombra del mayor símbolo literario de Occidente: el poeta Homero.
La concepción de la literatura como lenguaje dotado para expresar la naturaleza hermética de la verdad es tan fundamental en Borges como en Pessoa. Los dos, como se dijo, ven la filosofía como una forma expresiva “menor”, poco adecuada al registro temperamental de la idiosincrasia evasiva de la verdad de la que hablamos. Pero la fascinación que la filosofía ejerce sobre el espíritu, su resonancia en el nervio intelectual, serán empleadas con habilidad e insistencia por ambos escritores aunque con finalidad primordialmente poética antes que lógica. Asimismo, la literatura como posibilidad personal y como práctica es, para ambos, uno de los misterios superiores a los que con frecuencia remite Pessoa y que, como él mismo dice en carta a su querida Ofelia, responden “a otra ley” que la que gobierna la vida de los mortales comunes. Esta visión sacralizada de la palabra escrita, que en Pessoa se manifiesta a través de la exaltación de lo
hermético y multívoco y, en Borges, mediante la indeclinable veneración de lo laberíntico y los textos literarios y sus recintos, las bibliotecas, encontrarían su origen en el culto de un Dios bíblico e invisible que asienta por escrito su mensaje normativo en unas Tablas más veneradas que acatadas por el hombre, acaso porque su poderoso aliento simbólico supera no sólo sus recursos sino incluso su coraje para comprender.
Tanto para Borges como para Pessoa, a través de la literatura se huye de la contingencia y del azar. La creación es la expresión de un equilibrio que trasciende la precariedad impuesta al hombre por la finitud. En este sentido, la lengua es la verdadera patria del escritor porque le confiere la única identidad esencial que puede alcanzar: la de ser creador, mediante su escritura, de la escritura de Dios, o sea la escritura cifrada por excelencia.
Pertenece a la dimensión ético-estética la necesidad de Borges y Pessoa de confundir ficción y realidad, lo verdadero con lo verosímil, borrando los rígidos límites que el racionalismo pretendió fijar entre una y otra. Cervantes y Carlyle pueden ser considerados como autores que anticipan el empleo de esta técnica tan frecuente en Borges y Pessoa. Y si los otros de Pessoa son, explícitamente, sus heterónimos, en Borges es usual que el autor desaparezca y ceda su sitio a otros autores apócrifos que llegan al extremo, en ciertos casos, de convertir a Borges en un personaje. Casos de esta especie son el citado de Joseph Cartaphilus en “El inmortal” o David Brodie, misionero escocés del siglo XIX, en el “Informe de Brodie” o Bustos Domecq, esa especie de escritor-golem que Borges concibió con Bioy Casares.
A través de la diversidad de estilos entre sus heterónimos, Pessoa intenta que el lector “olvide” su presencia como autor. Borges, a su turno, busca que ese olvido de sí sobrevenga a través del carácter presumiblemente erudito que infunde a sus composiciones. Erudición extrema en apariencia que colocaría a los textos más allá de la simple expresión personal y, por lo tanto, más allá de la literatura entendida como manifestación subjetiva de la imaginación. Para ambos poetas vale lo que sobre Borges escribió Edna Aizemberg: “Borges ejecuta sus impostaciones para poner en tela de juicio la realidad, para sugerir que si el autor de una obra puede ser una sombra, nosotros, sus lectores, podemos ser también simulacros en un universo de acasos”.
Lisboa y Buenos Aires, las ciudades de nuestros dos escritores, ocupan un lugar central en sus respectivas obras. Ellas son, por una parte, símbolos de lo ausente, de lo que una vez fue, de lo abstracto. Lisboa, capital de lo que ya en tiempos de Pessoa no tenía casi consistencia y había perdido, prácticamente, toda realidad: el imperio portugués. Buenos Aires, capital de lo aún no sucedido: el advenimiento maduro de una nación, la república para la cual no llegó todavía la hora de su consolidación. Al mismo tiempo, Lisboa y Buenos Aires son ciudades-símbolo de la relidad ontológica y poética; expresiones particulares de una dimensión universal; escenarios fugaces donde sobrevienen las manifestaciones de verdades eternas, donde los hombres concretos que fueron Borges y Pessoa soportaron el peso irreductible del misterio de vivir; misterio que los modela a través del encuentro con el Aleph en la calle Garay de Buenos Aires o frente “a la
tabaquería de enfrente” y ante el “Esteves sin metafísica”. Por eso, entonces, ciudad-todas-las-ciudades, capitales, una y otra, de una
circunstancia espiritual sin fronteras. Lisboa y Buenos Aires, por último y como recuerdo de Teresa Rita Lopes, son ciudades fluviales “en las que los árboles y los mástiles se confunden”.
En la obra de Borges y en la de Pessoa las mujeres no ocupan el sitio clásico que les reserva la sensibilidad romántica: ellas no son las amadas, ellas no son el misterio, ellas no tienen presencia. Son, por el contrario, y en tanto mujeres, las grandes ausentes. Nada más abstracto que la mujer en las obras de Borges y Pessoa. A no ser, claro está, que las homologuemos a la figura de la madre y, entonces sí, ella irrumpirá viva en la obra de ambos. Porque estos dos hombres que rechazaron la paternidad de sus criaturas, como el dios Crono en el mito clásico, según ya dijimos, no rechazaron nunca, en cambio, la condición de hijos.
De los dos, por fin, corresponde reconocer que supieron cuál era la consistencia de su trabajo creador y el valor que el tiempo les concedería. Pessoa no dudaba de que sería reconocido después de muerto. Borges, acaso más irónico pero no por ello menos resuelto que Pessoa, temía no ser olvidado.

Santiago Kovadloff

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tomado de la revista digital elhilodeariadna www.elhilodeariadna.org/files/download/33
Volumen 3 | sección: Letras
Borges y Pessoa. Las íntimas coincidencias - Santiago Kovadloff
agradecemos muy especialmente a Santiago Kovadloff su colaboración con elhilodeariadna

viernes, 8 de octubre de 2010

Balada de los ahorcados-F.VILLON

"Epitafio de Villon" o "Balada de los ahorcados", François VILLON

Hermanos humanos, que viven después de nosotros,
no tengan contra nosotros endurecidos corazones,
pues, teniendo piedad de nuestras pobres almas,
Dios la tendrá antes de ustedes.
Aquí nos ven atados, cinco o seis:
en cuanto a la carne, que hemos alimentado en demasía,
hace tiempo que está podrida y devorada
y los huesos, nosotros, ceniza y polvo nos volvemos.
De nuestros males no se burle nadie;
pero rueguen que a todos Dios nos quiera absolver.

Si hermanos nos llamamos, en nuestro clamor sin desdén
nos traten, aunque hayamos sido muertos
por Justicia. Pues deben entender
que no todos los hombres pueden ser sensatos;
perdónennos ahora, ya que hemos partido
hacia el hijo de la Virgen María;
que su gracia no nos sea negada
y pueda preservarnos del rayo infernal.
Muertos estamos, que nadie nos moleste:
pero rueguen que a todos Dios nos quiera absolver.

La lluvia nos ha limpiado y lavado,
y el sol desecado y ennegrecido;
urracas, cuervos, nos han cavado los ojos
y arrancado la barba y nuestras cejas.
Nunca jamás, ni un instante, pudimos sentarnos:
luego aquí, luego allá, como varía el viento,
a su placer sin cesar nos acarrea,
siendo más picoteados por los pájaros que dedales de coser.
De nuestra cofradía nadie sea:
pero rueguen que a todos Dios nos quiera absolver.

Príncipe Jesús, que sobre todo reinas,
guarda que el Infierno no tenga sobre nosotros dominio:
nada tenemos que hacer con él ni que pagarle.
Hombres, en esto no hay ninguna burla:
pero rueguen que a todos Dios nos quiera absolver.

© Traslación y mezcla de Juan Carlos Villavicencio.
Ballade des pendus

Frères humains qui apres nous vivez/ N'ayez les cuers contre nous endurciz,/ Car, se pitié de nous pauvres avez,/ Dieu en aura plus tost de vous merciz./ Vous nous voyez cy attachez cinq, six/ Quant de la chair, que trop avons nourrie,/ Elle est pieça devoree et pourrie,/ Et nous les os, devenons cendre et pouldre./ De nostre mal personne ne s'en rie:/ Mais priez Dieu que tous nous veuille absouldre!// Se frères vous clamons, pas n'en devez/ Avoir desdain, quoy que fusmes occiz/ Par justice. Toutesfois, vous savez/ Que tous hommes n'ont pas le sens rassiz;/ Excusez nous, puis que sommes transis,/ Envers le filz de la Vierge Marie,/ Que sa grâce ne soit pour nous tarie,/ Nous préservant de l'infernale fouldre./ Nous sommes mors, ame ne nous harie;/ Mais priez Dieu que tous nous vueille absouldre!// La pluye nous a débuez et lavez,/ Et le soleil desséchez et noirciz:/ Pies, corbeaulx nous ont les yeulx cavez/ Et arraché la barbe et les sourciz./ Jamais nul temps nous ne sommes assis;/ Puis ça, puis la, comme le vent varie,/ A son plaisir sans cesser nous charie,/ Plus becquetez d'oiseaulx que dez à couldre./ Ne soyez donc de nostre confrarie;/ Mais priez Dieu que tous nous vueille absouldre!// Prince Jhesus, qui sur tous a maistrie,/ Garde qu'Enfer n'ait de nous seigneurie:/ A luy n'avons que faire ne que souldre./ Hommes, icy n'a point de mocquerie;/ Mais priez Dieu que tous nous vueille absouldre.//
tomado de http://descontexto.blogspot.com/2007/07/epitafio-de-villon-o-balada-de-los.html

de Masa y poder-El superviviente-Elias CANETTI

3) EL PODEROSO COMO SUPERVIVIENTE- de El superviviente- en MASA Y PODER-
CANETTI-

Podríamos reconocer el carácter paranoico del poderoso en aquel que
por todos los medios mantiene el peligro lejos de su persona. En
lugar de desafiarlo y hacerle frente, en lugar de entablar un combate
que podría serle adverso, trata de cerrarle el paso con astucia y
precaución. Crea distancias a su alrededor, distancias que puede
abarcar con la mirada, y advierte y examina cualquier señal por si el
peligro se acercara. Hace lo mismo en todas direcciones, pues saber
que son muchos los que se la tienen jurada mantiene vivo su miedo a
que lo acorralen. El peligro está por todos lados, no sólo delante de
él; es incluso más grande a sus espaldas, donde no podría advertirlo
a tiempo. Por todas partes anda con ojo, y ni el más leve rumor debe
escapársele, pues podría obedecer a intenciones hostiles.
El peligro supremo es, naturalmente, la muerte. Importa que
examinemos con detenimiento cuál es la actitud del poderoso ante
ella. La característica principal y decisiva de éste es el poder que
tiene sobre la vida y la muerte. Al poderoso nadie deberá acercarse;
quien le lleve un mensaje o tenga que aproximarse a él, será
registrado por si levara armas. La muerte será así mantenida a
distancia: él mismo puede y debe imponerla, y cuantas veces quiera.
Sus sentencias de muerte siempre son ejecutadas. Son el sello
distintivo de su poder, que solamente será absoluto mientras su
derecho a imponer la muerte sea acatado sin discusión.
Y es que sólo quien se deja matar por el poderoso está realmente
sometido a él. La prueba de obediencia definitiva, la que de verdad
cuenta, es siempre la misma. Sus soldados son preparados para una
especie de doble deber: son enviados a matar a sus enemigos, y ellos
mismos han de estar dispuestos a morir por él. Pero también el resto
de sus súbditos, aunque no sean soldados, saben que la muerte puede
alcanzarles en cualquier momento. El miedo que ésta infunde es
prerrogativa del poderoso; tiene derecho a decretarla, y por eso es
sumamente respetado. En casos extremos, llegan a adorarlo. Dios mismo
ha sentenciado a pena de muerte a toda la humanidad habida y por
haber. De su capricho dependerá cuándo sea ejecutada. A nadie se le
ocurre rebelarse: sería una empresa inútil.
Pero los poderosos de este mundo no lo tienen tan fácil como Dios.
Ellos no duran siempre; sus súbditos saben que también sus días
tienen fin, fin que podría incluso precipitarse. Como todo lo demás,
también el poder se acaba. Quien se niega a obedecer ya presenta
batalla. Ningún soberano está para siempre seguro de la obediencia de
sus súbditos. Mientras éstos estén dispuestos a morir por él, podrá
dormir tranquilo. Pero no bien alguien se niegue a acatar sus
sentencias, el soberano se sentirá amenazado.
La sensación de estar en peligro es siempre muy vívida en el
poderoso. Más adelante, cuando hablemos sobre la naturaleza de la
orden, veremos que sus temores tendrán que ir en aumento cuantas más
órdenes suyas se cumplan. Solamente dando un castigo ejemplar podrá
ahuyentar sus dudas. Ordenará, pues, que se ejecute a una víctima
cualquiera, sin importarle mucho el delito. Y cada cierto tiempo
necesitará ejecuciones como ésa, más frecuentes cuanto mayores sean
sus dudas. Los más leales, sus súbditos más consumados, por así
decirlo, son los que han muerto por él.
Pues cada ejecución que dicta aumenta algo su poder. Es el poder de
la supervivencia lo que así adquiere. No es preciso que sus víctimas
se hayan rebelado realmente, aunque podrían haberlo hecho. El miedo
que el poderoso siente acabará transformándolas, puede que solo más
tarde, en enemigos que conspiraron contra él. Él los sentenció a
muerte y los mandó ejecutar; los ha sobrevivido. En sus manos, el
derecho a dictar sentencias de muerte es un arma como otra
cualquiera, si bien mucho más eficaz. Los déspotas bárbaros y
orientales solían dar gran importancia al amontonamiento de las
víctimas a su alrededor a fin de tenerlas a la vista. Pero también
allí donde las buenas costumbres se han opuesto a una práctica
semejante ha estado el poderoso pensando en ella. Cuentan que el
emperador romano Domiciano tuvo un siniestro capricho de esta clase.
El banquete que al efecto preparó, y que sin duda no ha vuelto a
repetirse desde entonces, ilustra con claridad sobre la naturaleza
más profunda del poderoso paranoico. Dión Casio describió el banquete
en los términos siguientes:
"En cierta ocasión Domiciano entretuvo de la siguiente manera a los
senadores y caballeros más principales. Preparó una sala cuyas
paredes, techo y suelo eran negros como la pez, y distribuyó por él
simples divanes también negros, colocados sobre el suelo descubierto.
Por la noche convocó a sus huéspedes, que habían de asistir sin
séquito. Junto a cada uno de ellos hizo colocar primero una losa que
parecía una lápida y que llevaba inscrito el nombre del huésped, y
luego una pequeña lámpara como las que se cuelgan de las tumbas. A
continuación entraron cual espectros unos muchachos desnudos, también
pintados de negro, que bailaron una danza espeluznante en torno a
los invitados y se pusieron luego a sus pies. Tras esto, sirvieron a
los huéspedes los mismos manjares que en los sacrificios suelen
ofrendarse a los espíritus de los difuntos, todos ellos negros y en
fuentes del mismo color. Como es natural, los huéspedes todos
sintieron miedo y empezaron a temblar, temiendo que fueran a
degollarlos de un momento a otro. Menos Domiciano, todo el mundo
había enmudecido y reinaba un silencio sepulcral, como si estuvieran
ya en las moradas de los difuntos, y el propio emperador no hablaba
más que de aquello que tenía que ver con la muerte y las matanzas.
Por último, los despidió, pero antes ordenó a los esclavos que los
esperaban en el vestíbulo que se retirasen y puso a disposición de
sus invitados a otros que les eran desconocidos para que los
condujeran a sus casas en carros o literas. De esa manera, acrecentó
todavía más su miedo. Tan pronto como llegaron a sus casas y
comenzaron, como podría decirse, a recuperar el aliento, les fue
anunciada la visita de un mensajero del emperador. Cuanto todos
estaban seguros de que aquella vez sí iban a morir, una persona les
llevó la lápida del banquete, que era de plata, mientras otras a su
vez les llevaron diversos artículos, entre ellos los platos en los
que les habían servido la cena, que estaban hechos de material muy
costoso. Y al final de todo llegó el muchacho que les había sido
asignado a cada uno como espíritu familiar, ahora limpio y arreglado.
De este modo, tras haber pasado la noche entera sumidos en el terror,
recibieron los presentes".
Ese fue, pues, el "banquete fúnebre de Domiciano", como lo llamó el
pueblo.
El miedo incesante que el emperador suscitó en sus huéspedes hizo que
éstos enmudecieran. Solamente hablaba él, y hablaba de la muerte,
como si todos estuvieran ya muertos y sólo él siguiera vivo. Había
reunido para el banquete a todas sus víctimas, pues así debían
sentirse. Vestido de anfitrión, aunque mejor sería decir de
superviviente, se dirigía a ellos como víctimas disfrazadas de
huéspedes. Pero su situación de superviviente no sólo que da puesta
de manifiesto por el número de víctimas, sino que es además
potenciada con ensañamiento. Los huéspedes están ya como muertos,
pero el emperador aún podría matarlos. Esa es la clave para entender
el proceso propiamente dicho de la supervivencia. Al despedirse de
ellos les perdonó la vida. De nuevo hizo que temieran por sus vidas
al ponerlos en manos de esclavos desconocidos. Y cuando llegan a casa
les envía una vez más mensajeros de muerte, que traen presentes,
entre ellos el mayor de todos, sus propias vidas. El emperador puede
llevarlos de la vida a la muerte y traerlos luego de vuelta a la
vida, como quien dice, y se regodea una y otra vez en ese juego, que
incrementa al máximo su sensación de poder: es imposible imaginar una
sensación más intensa.

lunes, 4 de octubre de 2010

de Miguel SÁNCHEZ-embarazo

embarazo

(1)

la verdad preñada
ha hecho saltar los botones
pariendo hijos
bellísimos
verdaderísimos
que se pierden por los rincones

quisiéramos adoptar dos de ellos
uno blanco ario, otro negro corpulento
una mandorla hace de ombligo pero
ve mentira en todo
en forma de culo

urge reforma gestatoria
la verdad oficia de puta
una trampa para osos
sin salir del cerebro así
dando placer
esquivo y sin darse importancia


(2)

el árbol cogea
en el origen de la rata
si no fuera así
la higuera daría un fruto
menos engañoso

partos dobles y uno
de ellos el mediano
hay que separarlo por el rabo

cogea
en el talud de las basuras
donde rueda
la muñeca de tu prima
y otras mierdas

(3)

dice el brujólogo:
el hembratorio está cerrado
a todos los efectos
al sí y al no
ni nacen, ni dejan de nacer
niños nuevos o similar
sino todo lo contrario
acuden gentes
preguntan qué nacerá
pero sin interés, comiendo papas fritas
no se trata de que qué
ha de nacer sino si lo ha
o no -responde un altavóz-
a la mierda ! y van
y le echan la manguera
fuera confusiones
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Autor: Miguel Sánchez, msq,http://unpasopor.blogspot.com/